De crueldad y cuentos de hadas



Cuando empecé a leerle cuentos clásicos a mi hija mayor mi primera reacción fue censurar, recortar u omitir ciertos pasajes, que me parecían demasiado crudos, horribles o tétricos para contar a una niña de menos de 4 años. Así es que al principio no le contaba que el Lobo no sólo se había comido a la abuela sino que también tenía pensado hacer lo mismo con Caperucita. Y que luego el cazador llegaba y a punta de cuchillazos le abría el estómago, lo rellenaba con piedras y volvía a suturar su abdomen, así como si nada.


 Luego, tras ver una representación en ballet de Blanca Nieves surgió la curiosidad por el cuento, pero me parecía muy fuerte decirle que Blanca Nieves había muerto tras morder la manzana -manzana que había sido envenenada y preparada especialmente para ella-.  Sin embargo, poco a poco fui dándome cuenta que las partes que yo trataba de esconder, camuflar o endulzar eran las que a ella más le llamaban la atención. Era como sí buscara los detalles más crueles o grotescos, además de que mostraba cierta afinidad por los villanos, personajes interesantes, fuertes y llenos de carácter: antes de pedir trajes de princesa, me pidió la capa negra y la corona de la bruja de Blanca Nieves.


He observado esta tendencia también en ciertos sectores de la literatura infantil (¿más comercial?): un afán por contar únicamente historias dulces, de personajes bondadosos, donde ciertos temas difíciles como la muerte, los crímenes, los bandidos, las migraciones o las guerras se evitan a toda costa, donde todo es de color de rosa, donde la maldad no existe. Y me parece que esto es subestimar la capacidad de los niños de comprender el mundo, porque creo que escuchar estas historias es un paso necesario para la formación de lectores críticos con un juicio propio. Los niños son niños pero no por ello son incapaces de formar su propio criterio. No necesitan que les proporcionemos todo analizado, machacado y clasificado.


Cuando visitamos "Efteling", uno de los más antiguos parques de atracciones del mundo, dedicado enteramente a los cuentos de hadas, mi hija se quedó prendada de la historia de Rumpelstiltskin, al haber escuchado su cantaleta repetitiva (en neerlandés): "niemand weet, niemand weet dat ik Repelsteeltje heet" (nadie sabe, nadie sabe, que me llamo Rumpelstiltskin). Naturalmente, nos pidió que le contáramos el cuento. Al principio, como siempre se sintió identificada con el duende, a quien encontraba gracioso. Sin embargo, poco a poco ella misma fue entendiendo la sutileza de las intenciones del duende. Me decía "-primero le ofreció  ayuda, pero luego le quiere quitar a su bebé-". "-Aunque habían llegado a un acuerdo, en realidad ese duende no era "buena gente", sus intenciones de ayuda no eran del todo puras, auténticas."

Imagén via Cuentos Infantiles
 Me recordó también a una discusión que tienen sobre el mismo cuento los protagonistas adolescentes de "Pequeños fuegos en todas partes" de Celeste Ng*, donde para una solicitud de aplicación a la universidad deben re-escribir en un ensayo un cuento de hadas clásico pero narrado desde otra perspectiva:

" Y que tal Rumpelstiltskin -dijo Lexie-  la hija del molinero lo traicionó. El duende hiló toda la paja, y la convirtió en oro en vez de ella, el trato era que debía entregarle a su bebé a cambio; pero llegado el momento ella se echo para atrás. Tal vez es ella el villano del cuento. Si no quería renunciar a su bebé, no debería haber aceptado el trato. A lo cual Mia respondió; -bueno, tal vez no se percataba de lo que estaba haciendo hasta después. Tal vez al ver al bebé cambió de opinión. No seas tan rápida en juzgar Lexie."


Durante una mesa redonda que se llevo a cabo durante el Congreso "Entendimiento internacional a través de los libros infantiles y juveniles"  en Münich, en 1951,  hablando justamente sobre la crueldad en los cuentos de hadas la autora de cuentos infantiles Lisa Tetzner definió el término crueldad como el principio negativo que habita en los corazones de todos nosotros y que no desaparece por el simple hecho de negar su existencia.**

Indagando más sobre el tema, concretamente en el libro "La bruja debe morir" de Sheldon Cashdan aprendí que en realidad las brujas y villanos representan sentimientos, impulsos o tendencias de la personalidad presentes en todos nosotros, parte intrínseca de la naturaleza humana.

<<En la mayoría de los cuentos de hadas, la bruja muere por efecto de la acción emprendida por el héroe o la heroína. En la versión que hace Disney de La Sirenita, la Bruja del Mar no se ahoga por un accidente fortuito; el príncipe la empala con la proa de su barco. En la versión original de El mago de Oz, Dorothy disuelve a la Malvada Bruja del Oeste mojándola intencionadamente con agua. La participación activa del héroe o la heroínaen la muerte de la bruja comunica a los lectores que deben interpretar un papel activo en la superación de sus tendencias errátiles. Estas inclinaciones no desaparecen por sí solas. Al derrotar el mal presente en la historia, venciendo así a los elementos negativos del yo, también lo hace el lector. Desde una perspectiva psicológica, un final feliz significa que las fuerzas positivas del yo han ganado. Una vez que la bruja ha sido eliminada, y que las partes del yo que ella encarna han sido derrotadas, el niño deja de estar atormentado por autoinculpaciones y dudas. El yo queda transformado -purificado, por decirlo así- y permite que el pequeño lector se sienta más seguro de sí mismo.  Pero los finales de los cuentos de hadas son efímeros. Los sentimientos y las tendencias derrotadas mediante la muerte de la bruja sin duda volverán, probablemente con menos urgencia, pero seguirán siendo poderosos. Cuando lo hagan, los cuentos de hadas estarán esperando entre bastidores (...). Por eso los niños vuelven una y otra vez a estas historias. Cada vez que muere la bruja se restaura mágicamente la confianza del niño en su propia habilidad para vencer las dudas y los sentimientos indeseados.>>



También Mar Benegas, en su artículo: ¿Arquetipos o estereotipos? Que lío de cuentos, habla del tema:

<< Cuando llegamos a esa parte en la que hablo de la necesidad de ofrecer historias ficcionales de calidad, que ayuden y cuenten la vida; con su alegría y su dolor, sus obstáculos y pruebas, su sufrimiento y sus recompensas; que permitan a los niños y niñas formar una estructura sólida de vivencias extraordinarias que, a pesar de ser ficcionales, les ayudarán a enfrentarse a la realidad cuando corresponda; en ese momento siempre aparecen algunos temas recurrentes. Es cuando afloran todos los estereotipos:  de género, de la violencia, de la protección de la infancia, sobre la (buena) intención de evitar el sufrimiento a los niños. La idea preconcebida, sería que al repetir o contar cuentos en los que aparezca la violencia o el sexismo convertimos a los niños en violentos o sexistas. Otra que también se repite es pensar que es mejor no infringir sufrimientos innecesarios a la infancia evitando cualquier contacto (que incluye la ficción) con la muerte o el dolor. Pero la realidad es que mientras aquí andamos escondiendo a la abuelita en el armario para que no la maten o manipulando y cambiando a Caperucita, a unos cuantos miles de kilométros, y en el mundo real, están matando a niños sin ningún tipo de compasión. También es una realidad que 1 de cada 20 niños sufre abusos sexuales o que cada 7 horas una mujer es violada en España. Pero pareciera que la violencia es, casi en exclusiva, por los cuentos que les contamos. O, lo que es más extrañamente justificable, como si fuera evitarse dejando de hacerlo. Y, mientras tanto, el sistema (que es el que es realmente violento) se frota las manos y hace caja, sabiéndonos personas cada vez más anestesiadas y con menos recursos psíquicos para defendernos.>>


Y en este otro artículo de Marta Rebón: "El lobo sí devoró a Caperucita" leemos:

<<Edulcorar los cuentos infantiles no es recomendable. Priva a los niños de la estimulación de la fantasía, de la comprensión de ciertas emociones e, incluso, de la inspiración para descubrir soluciones. La fuerza del cuento, no obstante, radica en que habla con el lenguaje de los símbolos y en que nos invita a explorar la oscuridad del mundo, la cartografía de los miedos, tanto ancestrales como íntimos. Por eso nos interpela a todos, también a los adultos.>>

En el mismo artículo <<la poeta Wisława Szymborska, nos recuerda la importancia de asustarse, porque los niños sienten una necesidad natural de vivir grandes emociones: “La figura que aparece en los cuentos de Andersen con más frecuencia es la muerte, un personaje implacable que penetra el corazón mismo de la felicidad y arrebata lo mejor, lo más amado. Andersen trataba a los niños con seriedad. No solamente les hablaba de la gozosa aventura que es la vida, sino también de los infortunios, las penas, y de sus no siempre merecidas calamidades”. Decía C. S. Lewis que hacer creer a los niños que viven en un mundo carente de violencia, muerte o cobardía solo daría alas al escapismo, en el sentido negativo de la palabra.>>.

También Italo Calvino concluyó: “Le fiabe sono vere” [los cuentos de hadas son verdaderos]. <<Tras editar una colección de los cuentos infantiles populares de la tradición italiana confirmó su intuición de que los cuentos, en su “infinita variedad e infinita repetición”, no sólo encapsulan los mitos perdurables de una cultura, sino que “contienen una explicación general del mundo, donde cabe todo el mal y todo el bien, y donde se encuentra siempre la senda para romper los más terribles hechizos”. Con su extrema concisión, los cuentos de hadas nos hablan del miedo, la pobreza, la desigualdad, la envidia, la crueldad, la avaricia… Por eso son verdaderos. Los animales parlantes o las hadas madrinas no buscan confortar a los niños, sino dotarlos de herramientas para vivir, en lugar de inculcarles rígidos patrones de conducta, y estimular su razonamiento moral.>>


 El tema me parece fascinante, pero me queda claro que no debemos subestimar a nuestros pequeños, que tienen una delicada capacidad de análisis, de comprensión, que tal vez no sólo les debemos estas historias, sino que las necesitan para formar su visión del mundo y de si mismos.
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*Capítulo 5, Little Fires Everywhere, Celeste Ng (Penguin Press). Traducción libre.
**Un puente de libros infantiles. Jella Lepman. (Creotz Ediciones, 2017)

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